Hna. M. Dolores Taravillo Mallorca
Una vida de cuidado, presencia y humanización
La Hna. M. Dolores Taravillo, Religiosa del Instituto de Religiosas de San José de Gerona, IRSJG, comparte en Memoria Viva su recorrido vital y vocacional, marcado por el cuidado cercano, la atención sanitaria y una profunda vivencia del Carisma del Instituto, al que pertenece desde 1959. Hoy reside en la Comunidad de San José de Barcelona.
Vocación temprana
De niña ya tenía claro su deseo de ser Religiosa y el interés por el cuidado de los enfermos, inspirada por la presencia y el testimonio de las Hermanas que conoció en su etapa escolar. Ingresó en el aspirantado a los 13 años, junto a la Clínica Nostra Senyora del Remei de Barcelona, y continuó con el postulantado en la Casa Madre de Girona.
Recuerda con especial gratitud a la Hna. Marina Trías, madre maestra de novicias durante su primera etapa de formación, de quien destaca su acompañamiento cercano y su manera de transmitir el Carisma del Instituto: “una santa mujer”, afirma, que dejó una huella profunda en su manera de vivir la vocación.
La formación, explica, ha sido siempre un pilar fundamental en el Instituto. Realizó el Bachillerato en Barcelona y posteriormente se formó en enfermería y también en puericultura.
Una vida dedicada al cuidado
Su primer destino fue la Comunidad del Hospital de Palamós (Girona), donde atendía tanto en la Clínica como en la Residencia de personas mayores. Fueron años de intenso aprendizaje, con turnos de noche en solitario y una progresiva adquisición de responsabilidades. “Aprendí mucho de las Hermanas”, recuerda.
Posteriormente fue destinada a Valencia para prestar asistencia sanitaria. Y después fue trasladada a Olot, donde vivió una etapa muy significativa en la guardería. Allí ejerció como responsable del servicio, acompañando a niñas y niños desde las seis semanas hasta los cinco años. “Era un trabajo de mucha responsabilidad, pero muy bonito”, explica con emoción.
Durante más de treinta años de labor en la Clínica Nostra Senyora del Remei de Barcelona, en dos etapas marcadas por el cuidado a la cabecera del enfermo, de los pacientes, vivió de primera mano la evolución de la atención sanitaria y de las propias instalaciones. Recuerda una época en la que todo se anotaba a mano y en la que la tecnología era prácticamente inexistente, frente a los profundos cambios actuales.
Acompañar hasta el final
Uno de los testimonios más intensos de su vida fue el acompañamiento durante tres años a personas con sida en fase terminal, muchas de ellas procedentes del ámbito penitenciario, en colaboración con la labor de la Orden San Juan de Dios en Madrid.
Relata experiencias marcadas por la fragilidad, el miedo y la confianza ganada poco a poco. “Hasta que no te cogían confianza, no se abrían”, explica. En ese acompañamiento, la presencia, la escucha y la dignidad fueron esenciales, especialmente cuando muchas de estas personas no contaban con el apoyo de sus familias. “Decían que su familia éramos nosotros”.
Humanizar el cuidado
A lo largo de toda su trayectoria, la Hna. M. Dolores insiste en un elemento clave: la humanización del cuidado. Estar al lado de la persona enferma, acompañar a las familias y ofrecer una presencia serena y respetuosa ha sido, para ella, esencial en todos los destinos.
“El Instituto me ha aportado muchísimo”, afirma, reconociendo también el aprendizaje compartido con colaboradores y colaboradoras. Destaca, con admiración, la actitud y la sonrisa de quienes han trabajado junto a ella a lo largo de los años.
Su testimonio es reflejo de una vida entregada al servicio, desde la cercanía, la profesionalidad y la fidelidad al Carisma del Instituto, "que me ha aportado muchísimo", afirma.